


Más que un proyecto, “La paz nos une” representa una oportunidad para que Malargüe recupere el valor del trabajo colectivo. Jóvenes, adultos mayores e instituciones de distintos ámbitos muestran que la construcción de una comunidad más fuerte comienza cuando cada uno decide ser parte de algo más grande que sí mismo.

Hay proyectos que se miden por la cantidad de actividades que realizan. Otros, por los recursos que movilizan o por la cantidad de personas que convocan. Pero existen iniciativas cuyo verdadero valor está en algo mucho más profundo: la posibilidad de cambiar una forma de pensar y de relacionarnos como comunidad.
Quizás eso sea lo más importante de “La paz nos une”.
A simple vista, podría parecer una propuesta más dentro del calendario institucional de Malargüe. Una agenda de actividades vinculadas al arte, la educación, la salud, el ambiente, la participación ciudadana y la conmemoración del Día Internacional de la Paz. Sin embargo, quedarse con esa lectura sería perder de vista lo esencial.
Porque el verdadero acontecimiento no es una caminata, una escultura, una campaña solidaria, plantar árboles o un acto protocolar.

El verdadero acontecimiento es que instituciones diferentes decidieron sentarse en una misma mesa.
En una época donde predominan las divisiones, donde muchas veces los desacuerdos ocupan más espacio que los objetivos compartidos, organizaciones de distintos ámbitos eligieron hacer algo que parece simple, pero que no siempre resulta fácil: trabajar juntas.
Y esa decisión merece ser valorada.
Durante años hemos escuchado diagnósticos sobre la necesidad de fortalecer el tejido social. Hemos señalado la importancia de la participación ciudadana. Hemos reclamado más compromiso comunitario. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una realidad que atraviesa a muchas comunidades: la fragmentación.
No porque falten personas comprometidas.
Todo lo contrario.
Malargüe está lleno de vecinos, dirigentes, docentes, artistas, profesionales, emprendedores y voluntarios que dedican tiempo y esfuerzo a mejorar la vida colectiva. Lo hacen desde clubes, asociaciones, fundaciones, escuelas, cooperadoras, organizaciones culturales y espacios solidarios.
El problema no es la falta de compromiso.
El desafío es lograr que esos esfuerzos dejen de caminar en paralelo y comiencen a reconocerse como parte de una misma construcción.
Porque una comunidad no se vuelve grande cuando todos hacen lo mismo.
Una comunidad se vuelve grande cuando quienes hacen cosas distintas comprenden que forman parte de un mismo proyecto colectivo.
Allí radica la enorme potencia de esta iniciativa.
Ver a jóvenes de la Fundación Ser y Hacer, a los Jóvenes Abanderados de la Paz distinguidos por Mil Milenios de Paz, a jóvenes de los centros de estudiantes, trabajando codo a codo con adultos mayores, artistas, docentes, comerciantes, profesionales de la salud y representantes de distintas organizaciones, transmite una imagen que va mucho más allá de cualquier discurso.
Es una imagen de futuro.
Mientras en muchos lugares se habla de apatía, individualismo o desencanto, aquí hay jóvenes que eligen involucrarse. Jóvenes que no esperan que otros construyan la comunidad que desean habitar. Jóvenes que entienden que el compromiso ciudadano también es una forma de liderazgo.
Y junto a ellos aparecen adultos que aportan experiencia, memoria, sabiduría y vocación de servicio.
No hay una generación enseñando a la otra.
Hay generaciones construyendo juntas.
Porque cuando una comunidad logra que sus jóvenes y sus adultos mayores compartan proyectos, sueños y responsabilidades, deja de pensar solamente en el presente y comienza a construir futuro. Allí es donde la paz deja de ser una palabra y se transforma en una práctica cotidiana capaz de fortalecer el tejido social.
Porque la paz no es solamente la ausencia de violencia. La paz también es la capacidad de encontrarnos. Es reconocer que el otro no es un adversario. Es descubrir que las diferencias pueden convivir dentro de un objetivo común. Es comprender que el bien común necesita más puentes que fronteras.
Por eso, el verdadero desafío comienza ahora.

“La paz nos une” no debería ser recordado únicamente como un proyecto para el año 2026. Tampoco como una actividad vinculada al 21 de septiembre.
Debería convertirse en el primer paso de algo mucho más grande.
Debería ayudarnos a imaginar un Malargüe donde cada Día Internacional de la Paz encuentre a decenas de organizaciones trabajando juntas. Un Malargüe donde la sociedad civil sea visible, fuerte y protagonista. Un Malargüe donde las instituciones no compitan por espacios de reconocimiento, sino que multipliquen su impacto a través de la cooperación.
Porque las ciudades que progresan no son solamente aquellas que construyen obras.
Son aquellas que construyen comunidad.
Y las comunidades más fuertes no son las que eliminan sus diferencias, sino las que aprenden a transformarlas en una fuerza común.

Si dentro de algunos años logramos mirar hacia atrás y descubrir que esta iniciativa fue el punto de partida de una red permanente de colaboración entre organizaciones, jóvenes, adultos, instituciones y vecinos, entonces el mayor legado de “La paz nos une” no será una escultura, una grulla o una fecha en el calendario.
Será haber demostrado que Malargüe es mucho más grande cuando trabaja unido que cuando cada uno camina por separado.
Porque la paz no se impone.
La paz se construye.
Y toda construcción duradera comienza cuando una comunidad decide reconocerse como parte de algo más grande que cada una de sus partes.
Redacción Ser y Hacer


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