Obra pictórica que representa el Congreso de Tucumán

Nicolás Avellaneda dijo alguna vez: “El Congreso de Tucumán se halla definido por estos dos rasgos fundamentales. Era patriota y era religioso, en el sentido riguroso de la palabra; es decir, católico, como ninguna otra asamblea argentina”. Este último rasgo, destacado por el expresidente, en gran parte ha sido olvidado o excluido ex profeso por la historiografía oficial y particularmente por el sistema educativo, que quiere laicizar incluso nuestra historia fundacional. Abundan pruebas que demuestran que nuestros próceres de la Argentina Fundacional eran católicos por cultura y por convicción, y los congresales de 1816 que declararon nuestra independencia no fueron una excepción.

El Congreso de Tucumán fue inaugurado el 24 de marzo de 1816. El porteño Pedro Medrano fue su presidente provisional y los diputados presentes juraron defender la religión católica y la integridad territorial de las Provincias Unidas. Aquel histórico día quedaba inaugurado el congreso con asistencia a misa de los 21 diputados presentes en la iglesia de San Francisco, y al otro día se ofició un solemne tedeum. Como queda claro, entre las principales preocupaciones de los diputados estaba defender la religión católica.

La fórmula sobre la que juraban todos los diputados era muy clara en este sentido. Decía así: “¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria conservar y defender la religión Católica, Apostólica, Romana? ¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria defender el territorio de las Provincias Unidas, promoviendo todos los medios importantes a conservar su integridad contra toda invasión enemiga? ¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria desempeñar fiel y lealmente los demás deberes anejos al cargo de diputado al Soberano Congreso para que habéis sido nombrado? Si así lo hiciereis, Dios os ayude; y si no, os lo demande”.

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Las largas jornadas que por tantos meses se llevaron a cabo en la casa de Doña Francisca Bazán de Laguna fueron sintetizadas en las crónicas del periódico “El Redactor del Congreso”, dirigido por el sacerdote Cayetano Rodríguez con la colaboración del futuro obispo José Augusto Molina, quien, dicho sea de paso, fue nombrado prosecretario del Congreso por unanimidad de votos. El Redactor del Congreso es una de las fuentes directas que se conservan de las actividades del Soberano Congreso, pues sus actas públicas lamentablemente se extraviaron.

Cuando llegó el trascendente 9 de julio, el congreso estaba presidido por Francisco Narciso Laprida, diputado por San Juan, quien propuso a deliberación la libertad e independencia del país, la que fue aprobada por unanimidad. Al día siguiente, cuenta el Redactor del Congreso, hubo misa de acción de gracias y oración patriótica celebrada por el sacerdote y también diputado Pedro de Castro Barros.

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De los 29 diputados que firmaron el acta de la Independencia, 18 eran laicos y 11 sacerdotes. Pero, además, todos los congresales, sin excepción, se habían graduado en los colegios y universidades pontificias de las Provincias Unidas, particularmente en la de San Francisco Javier (Sucre), la de San Felipe (Chile) y la de San Carlos (Córdoba); universidades en las que se estudiaban a los teólogos y filósofos de la llamada Escolástica española, de quienes sin duda tomaron los fundamentos teóricos, filosóficos y políticos para tan importante decisión.

Entre las medidas más importantes, relacionadas con la religión, que tomó el congreso podemos mencionar:

  • “No conceder indulto a los delitos contra la religión santa y católica, como con los de fabricación de falsa moneda, hurto, homicidios y otros”.
  • Por decreto se hizo jurar al nuevo director Supremo Martín de Pueyrredón, elegido por el congreso, proteger la religión católica, velando por su respectiva observancia y defendiendo el territorio de las provincias de la Unión.
  • El 14 de septiembre fue proclamada como patrona de la Independencia de América a Santa Rosa de Lima.
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Pues queda claro el carácter eminentemente católico de los Congresales de 1816 que declararon nuestra independencia, del mismo modo que, en general, lo fueron los hombres de mayo y nuestros próceres en los albores de la Patria. Baste recordar, a modo de ejemplo, que el general San Martín, además de sus innumerables actos de piedad públicos y privados, siendo ya protector del Perú, firmó su célebre Estatuto Provisional el 8 de octubre de 1821, en el que estableció en el art. 1° de la sección 1° a la religión Católica, Apostólica Romana, como religión del Estado.

Por Prof. Francisco Parada

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