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Cuando lo público deja de sentirse propio

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Un banco destruido en la Plazoleta de la Paz nos obliga a mirar más allá del hecho. Porque cuando alguien rompe un bien público, lo que realmente se quiebra es el sentido de pertenencia, el respeto por la comunidad y la idea misma de que Malargüe es una casa que compartimos entre todos.

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La imagen duele. Un banco destruido en la Plazoleta de la Paz apareció esta semana convertido en una postal amarga de una realidad que Malargüe conoce demasiado bien. Sin embargo, el problema no es el banco. Tampoco es un hecho aislado.

Las plazas vandalizadas, los juegos dañados, los carteles rotos, los espacios recién acondicionados que vuelven a deteriorarse en cuestión de días son escenas que se repiten desde hace años. Y cada vez que ocurren solemos buscar responsables inmediatos: quién fue, cuándo pasó, si había vigilancia o si faltó control. Pero quizás la pregunta más importante sea otra.

¿Qué nos está pasando como comunidad para llegar a esto?

Porque cuando una persona destruye un bien público no está rompiendo solamente madera, cemento o metal. Está rompiendo algo mucho más profundo: el vínculo de pertenencia con el lugar donde vive.

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Hay algo especialmente simbólico en que este episodio haya ocurrido precisamente en la Plazoleta de la Paz. Resulta inevitable preguntarse cuánta paz puede haber en el corazón de alguien capaz de descargar su furia contra un banco que pertenece a todos. Cuánta frustración, cuánto enojo o cuánto vacío debe existir para encontrar satisfacción en destruir algo que fue construido para el encuentro, el descanso y la convivencia.

La violencia ejercida sobre la estructura permite presumir la intervención de una persona con fuerza suficiente para provocar semejante daño. Tal vez un joven. Tal vez varios. Y si eso es así, la pregunta vuelve a ser incómoda pero necesaria.

¿Qué estamos haciendo los adultos?

Porque los jóvenes no aparecen de la nada. Son emergentes de una sociedad. Son el reflejo de valores que se transmiten, de ejemplos que se observan y de vínculos que se construyen o se abandonan.

Si un joven siente que una plaza no le pertenece, que un banco público no vale nada o que romperlo no tiene consecuencias morales, entonces el problema excede largamente al acto vandálico. Estamos frente a una fractura más profunda: la pérdida del sentido de comunidad.

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Durante años hemos naturalizado escenas que deberían escandalizarnos. Se limpia y se vuelve a ensuciar. Se repara y se vuelve a romper. Se invierte dinero público y pocos días después aparecen nuevas señales de deterioro. Como si existiera una resignación colectiva que nos impide preguntarnos por qué aceptamos vivir rodeados de espacios degradados cuando podríamos elegir exactamente lo contrario.

Porque la verdadera discusión no es si hace falta más vigilancia, más cámaras o más controles. Todo eso puede ayudar. Pero ninguna ciudad se vuelve habitable únicamente por la presencia de un inspector. Las ciudades más cuidadas son aquellas donde sus habitantes sienten orgullo por el lugar que habitan.

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Nadie necesita un sereno para cuidar aquello que ama.

Por eso esta reflexión está dirigida especialmente a quienes tienen responsabilidades de conducción social. A los docentes que forman ciudadanos. A los dirigentes de instituciones. A los referentes barriales. A los funcionarios. A los padres y madres. A quienes toman decisiones y ayudan a construir cultura comunitaria.

Probablemente quienes destruyen los espacios públicos no sean lectores habituales de Ser y Hacer. Pero quienes sí nos leen tienen la responsabilidad de interpretar las señales que la realidad nos está enviando.

Un banco roto puede repararse. Lo que resulta mucho más difícil de reconstruir es una sociedad que pierde el respeto por lo común.

Malargüe merece espacios públicos limpios, cuidados y funcionales. Pero sobre todo merece recuperar la convicción de que esos espacios son parte de su identidad. Porque cuando dejamos de cuidar lo que es de todos, terminamos perdiendo algo de nosotros mismos.

Y esa es una pérdida mucho más grave que cualquier banco destruido.

Redacción Ser y Hacer

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