

En Malargüe hay una conversación que empezó en las redes, pero que no pertenece solamente a las redes. Se escucha en las familias, en los comercios, en los pasillos de las instituciones, en las charlas de sobremesa y en cada despedida: jóvenes, trabajadores, profesionales y emprendedores que sienten que deben irse para buscar afuera las oportunidades que no encuentran en su propia tierra.

No se trata de dramatizar ni de caer en una mirada derrotista. Irse también puede ser una decisión valiosa, una experiencia de crecimiento, una etapa necesaria. El problema aparece cuando partir deja de ser una elección y empieza a sentirse como la única alternativa. Allí Malargüe debe detenerse, mirar de frente lo que está ocurriendo y preguntarse con honestidad: ¿qué estamos haciendo para que quienes quieren quedarse puedan construir aquí su proyecto de vida?
La falta de trabajo en Malargüe no puede reducirse a una queja pasajera. Tampoco puede ser usada como bandera electoral cada dos años. Es un asunto profundo, humano y estratégico. Detrás de cada joven que arma una valija hay una familia que queda partida, un comercio que pierde consumidores, una institución que pierde talento, una comunidad que ve alejarse parte de su futuro.

Sería injusto decir que nada se hace. Existen cursos de oficios, propuestas de capacitación, iniciativas vinculadas al turismo, la minería, los servicios y la formación técnica. También hay instituciones, empresas, docentes, emprendedores y trabajadores que todos los días intentan abrir caminos. Pero la realidad muestra que eso todavía no alcanza. Cuando una fila en la Oficina de Empleo se vuelve noticia, no solo habla de interés por capacitarse: también habla de una necesidad urgente de oportunidades reales y sostenidas.
Malargüe tiene recursos, paisajes, identidad, historia productiva, turismo, ciencia, campo, energía, minería, cultura y una comunidad con enorme capacidad de trabajo. Su potencial no es un slogan: es visible. Pero el potencial, si no se transforma en planificación, inversión, empleo privado, infraestructura y reglas claras, termina siendo apenas una promesa repetida.
La política local, provincial y nacional tiene una responsabilidad central. No alcanza con administrar la coyuntura, discutir internas o celebrar anuncios aislados. Malargüe necesita creatividad, continuidad y grandeza. Necesita una agenda de desarrollo que supere los gobiernos de turno y convoque al sector privado, a las cámaras, a las escuelas técnicas, a los centros de capacitación, a las universidades, a las organizaciones sociales y a los jóvenes.

Hace falta pensar en serio cómo generar empleo durante todo el año, cómo fortalecer el comercio local, cómo acompañar a los emprendedores, cómo facilitar la primera experiencia laboral, cómo vincular la formación con la demanda real de trabajo, cómo lograr que las inversiones contraten mano de obra malargüina y cómo evitar que el desarrollo pase por al lado de la gente.
También el sector privado debe asumir su parte. Apostar por Malargüe no puede ser solo abrir una temporada o cubrir puestos temporales. Debe implicar formación, empleo digno, compras locales, proveedores locales y compromiso con el arraigo. Y la comunidad, por su parte, debe abandonar la resignación. No podemos acostumbrarnos a despedir generaciones enteras como si fuera el destino natural de vivir lejos de los grandes centros urbanos.

La pregunta no es si Malargüe puede crecer. Puede. La pregunta es si estamos dispuestos a trabajar juntos, con menos mezquindad y más visión, para que ese crecimiento incluya a quienes nacieron, estudiaron, trabajan y sueñan acá.
No queremos un Malargüe cerrado al mundo. Queremos un Malargüe capaz de formar jóvenes que salgan, aprendan, vuelvan si quieren y encuentren una tierra preparada para recibirlos. Queremos que quedarse no sea una renuncia, sino una posibilidad. Que emprender no sea una aventura solitaria. Que estudiar tenga sentido. Que trabajar en Malargüe no sea un privilegio, sino un derecho construido entre todos.
El dolor de quienes se van debe convertirse en una señal de alarma, pero también en un punto de partida. Malargüe no está condenado a despedir su futuro. Tiene con qué. Tiene con quiénes. Ahora necesita decisión, planificación y coraje colectivo.
Redacción Ser y Hacer









