


La tarjeta cuesta $115.000 y la reacción no tardó en llegar: “Es una locura”. “Es demasiado”. “¿Quién va a pagar eso?”.
La Cámara de Comercio de Malargüe organiza para el próximo 15 de agosto una Cena de Gala por el Día del Empresario, en el Hotel Malargüe, con posibilidad de pagar la entrada hasta en tres cuotas sin interés.
¿Es cara?
Sí, $115.000 es mucho dinero. Para una enorme cantidad de malargüinos representa un gasto imposible y sería absurdo desconocer la realidad económica que atraviesan muchas familias.
Pero no estamos hablando de ellos.
Estamos hablando del otro Malargüe.
Del que carga combustible un viernes y se va a San Rafael. Del que viaja a Mendoza para ver un espectáculo, asistir a un recital, comer en un buen restaurante o simplemente pasar un fin de semana diferente. Del que paga entradas, cena, combustible y alojamiento porque quiere vivir una experiencia que siente que Malargüe no le ofrece.
Para ese Malargüe la pregunta cambia.
¿Es caro o es en Malargüe?
Porque cuando gastamos afuera hacemos las cuentas de otra manera.
El combustible es parte del paseo. La comida es parte de la salida. La entrada es parte de la experiencia. El hotel, si hace falta, también. Sumamos cada gasto y aceptamos que disfrutar tiene un costo.
Pero cuando alguien intenta generar una experiencia en nuestra propia ciudad, parece que sacamos otra calculadora.
Y esto ocurre después de que Malargüe reclamara por la transformación de la tradicional Fiesta de la Nieve.
En 2026, la histórica gala dejó lugar a una celebración diurna y abierta en el polideportivo. Y una parte de la comunidad reclamó aquella noche que permitía ponerse elegante, encontrarse alrededor de una mesa y disfrutar de un acontecimiento diferente.
Queríamos nuestra noche de gala.
Queríamos tener una fiesta a la altura de Malargüe.
Queríamos dejar de escuchar que para hacer algo distinto había que irse afuera.
Ahora una institución local se anima a organizar una cena de gala y la primera respuesta de muchos es: “$115.000 es demasiado”.
Entonces quizás llegó el momento de preguntarnos algo más profundo.
¿Qué queremos realmente?
Porque no podemos reclamar que “en Malargüe no pasa nada” mientras destinamos nuestro dinero a que las cosas pasen en otros lugares.
No podemos exigir más propuestas privadas y, cuando alguien arriesga para organizarlas, decidir de antemano que no valen lo que cuestan simplemente porque ocurren a diez minutos de nuestra casa.
Y tampoco podemos pretender que toda experiencia social, cultural o recreativa sea gratuita.
Durante años, los eventos financiados o fuertemente subsidiados por el Estado contribuyeron a instalar una lógica difícil de romper: si sucede en Malargüe, esperamos que cueste poco o nada. Pero cuando cruzamos los límites del departamento entendemos perfectamente que una experiencia tiene un precio.
Ese doble criterio merece ser discutido.
La Cena del Empresario no es un evento pensado para toda la comunidad. No necesita serlo. Está dirigida especialmente a empresarios, comerciantes y a un público que tiene capacidad para destinar dinero a este tipo de propuestas.
Y es precisamente a ese sector al que cabe interpelar.
Porque el desarrollo local no se declama solamente en discursos.
También se practica con la billetera.
Comprar en Malargüe, contratar en Malargüe, comer en Malargüe, divertirse en Malargüe y elegir una propuesta local cuando tenemos capacidad para hacerlo también son formas de sostener la economía que después decimos defender.
Naturalmente, hay una contraparte: quien cobra $115.000 tiene la obligación de ofrecer una experiencia acorde. La Cámara de Comercio está empeñada en demostrar que su propuesta vale lo que pide por ella. El apoyo local no significa regalar el dinero ni renunciar a exigir calidad.
Pero antes de sentenciar que es caro, quizás deberíamos hacernos una pregunta mucho más incómoda:
¿Cuánto estamos dispuestos a gastar afuera por aquello que, cuando nos lo ofrecen en Malargüe, decimos que no estamos dispuestos a pagar?

Tal vez el problema no sea solamente el precio de una tarjeta.
Tal vez Malargüe deba decidir si realmente quiere dejar de ser esa ciudad de la que nos vamos los fines de semana porque “no hay nada para hacer”.
Porque las ciudades con movimiento no se construyen solamente reclamando que alguien organice algo.
También se construyen quedándose.
Participando.
Consumiendo.
Acompañando a quienes se animan a intentarlo.
Entonces volvamos a la pregunta.
¿Malargüe se merece una fiesta de gala?
Sí.
Pero quizás la pregunta verdaderamente incómoda sea otra:
¿Estamos dispuestos a sostener en Malargüe aquello que estamos dispuestos a pagar afuera?

Redacción Ser y Hacer
Fuente: Cámara de comercio Malargüe

.








