

“Gracias a Dios puedo ayudar. Entonces, si puedo ayudar, ¿por qué no hacerlo?”

El lunes fue la foto de la misión cumplida: 25 cascos fríos oncológicos entregados a quienes los necesitaban. Pero detrás de esa imagen había una historia menos visible y más profunda: la de una mujer que no atravesó el cáncer, pero decidió ponerse en el lugar de quienes sí lo transitan.
Por eso, el domingo quisimos volver al origen. No para hablar de una campaña, sino para conocer qué mueve a Flavia San Martín a hacer lo que hace. Qué hay detrás de esa manera de organizar, convocar, insistir y estar. Qué lleva a una persona a involucrarse tanto con un dolor que no vivió en carne propia.
Flavia tiene 38 años, es policía y actualmente cumple funciones en el Juzgado Vial de Malargüe. Durante la semana, su tarea transcurre en un ámbito marcado por normas, responsabilidades y servicio. Pero cuando termina esa jornada, aparece otra parte de su vida: la música, las bicicletas, el movimiento y un grupo de mujeres que la siguen no solo para entrenar, sino también para compartir.

Ese contraste dice mucho de ella. Flavia se mueve entre dos mundos que parecen distintos, pero que en su caso tienen algo en común: la vocación de estar para otros. Con uniforme o frente a una clase, desde una oficina o desde Gim Bike, hay una misma forma de pararse ante la vida: hacerse cargo, acompañar, responder.
Es instructora de jumping, funcional y spinning. Desde su espacio, encontró una manera de hacer que la actividad física sea mucho más que una rutina. Allí, entre ejercicios y encuentros, fue creciendo algo que no siempre se puede medir: un sentido de pertenencia.
“Considero que la actividad física cumple un rol fundamental en la prevención de distintas enfermedades”, dice Flavia. Pero enseguida aclara que no se trata solo del cuerpo. Para ella, moverse también es salir de casa, recuperar energía, encontrarse con otras mujeres y sentirse acompañada.

Desde ese lugar empezó a nacer algo más. Las clases fueron abriendo conversaciones, acercando historias y mostrando necesidades. Lo que primero fue actividad física, con el tiempo también se transformó en una forma de acompañar causas vinculadas a la salud de la mujer y a la prevención del cáncer.
El primer paso fue hace tres años, en octubre rosa, cuando la invitaron a sumarse a una caminata. “Me dijeron: ‘¿Te querés sumar con unas chicas a una caminata?’, y dije: ‘Sí, vamos’”, recuerda. Fue con parte de su grupo de Gim Bike. En ese momento, quizás no imaginaba que esa participación iba a abrir un camino sostenido.
Al año siguiente, junto a Silvina Alcalde, pensaron en hacer algo más. Querían una propuesta que convocara, que diera fuerza y que invitara a las mujeres a reunirse alrededor de la prevención. Así nació la bicicleteada rosa, una actividad que fue creciendo y que hoy ya empieza a marcar octubre en Malargüe.

Flavia cuenta que allí participan mujeres, hombres, niños, personas que están atravesando el cáncer, otras que ya lo transitaron y también quienes se acercan simplemente para acompañar. En ese encuentro se mezclan muchas historias, pero todas se ordenan alrededor de una misma idea: estar presentes.

Con el tiempo, esas actividades sumaron un fin solidario. Primero acompañaron la compra de una pistola de punción en Malargüe, junto al Área Sanitaria. Después, el año pasado, buscaron otro objetivo: realizar mantas de abrigo con frases de aliento para mujeres que atravesaban el cáncer.
“Buscábamos un fin solidario para esa bicicleteada y, en este caso, fue realizar mantas de abrigo con frases de aliento y acompañamiento”, cuenta Flavia.
A través de esa acción conocieron a Valeria Moya y a Quimio por Pelo. Ese vínculo no quedó en una entrega puntual. Siguió creciendo y este año volvió a tomar forma en una nueva campaña: reunir fondos para comprar geles destinados a la confección de cascos fríos oncológicos.
En el marco del Día de la Mujer, Flavia quiso que la fecha no quedara solamente en un festejo. Así surgió la caminata recreativa y solidaria que reunió a mujeres de distintas edades y permitió juntar el dinero necesario para concretar la compra.

El lunes llegó el momento de la entrega. Detrás de esa foto final hubo mensajes, gestiones, llamados, colaboración de comercios, acompañamiento de vecinos, traslado de insumos y muchas manos dispuestas a ayudar. Flavia estuvo en ese recorrido silencioso que casi nunca se ve completo: el de sostener una idea hasta convertirla en algo concreto.
Quienes la miran de cerca lo notan. Valeria Moya lo resumió con una frase sencilla y muy clara: “Flavia siempre me sorprende, porque sin haber transitado la enfermedad se pone esta causa al hombro”.
Esa frase ilumina el corazón de la historia. Flavia no habla desde una experiencia personal con el cáncer. No llegó a esta causa por una herida propia. Llegó desde otro lugar: desde la posibilidad de mirar lo que otra persona atraviesa y preguntarse cómo ayudar.
“Más que compromiso, podemos decir que surgió desde la empatía, de poder ponernos en el lugar de la otra persona y ver lo que le estaba pasando y de qué manera poder ayudarla”, explica.
Después agrega una frase que parece definir su manera de vivir la solidaridad: “Yo siempre digo que gracias a Dios puedo ayudar. Entonces, si puedo ayudar, ¿por qué no hacerlo?”.
No lo dice como un mérito. Tampoco como una obligación. Lo dice con naturalidad, como si ayudar fuera simplemente una consecuencia de estar bien y mirar alrededor.

“Hay personas que la pasan muy mal en esas ocasiones y necesitan de alguien más, aunque sea para decir: acá estoy”, agrega.
Quizás ahí esté lo más profundo de su tarea. Porque frente a una enfermedad, la ayuda no siempre empieza por resolverlo todo. A veces empieza por acercarse, por acompañar, por hacer sentir a la otra persona que no está sola.
Los cascos fríos tienen una función concreta: se utilizan durante tratamientos de quimioterapia para ayudar a reducir la caída del cabello. Pero para muchas pacientes también tienen un valor emocional. En medio de un proceso difícil, pueden significar una forma de cuidar la autoestima, sostener parte de la identidad y atravesar el tratamiento con una herramienta más de acompañamiento.
Por eso, la entrega del lunes fue mucho más que el cierre de una campaña. Fue la consecuencia de un camino que empezó con una caminata, siguió con bicicleteadas, sumó mantas con frases de aliento y terminó en una ayuda concreta para pacientes oncológicas.
Pero también fue una muestra de algo que Flavia logra generar: comunidad. Familia, amigas, colegas, alumnas, comerciantes, emprendedores, artistas y vecinos fueron apareciendo en este recorrido, cada uno desde su lugar. Ella misma reconoce que ninguna actividad sería posible sin esa red.
Y tal vez esa sea una de sus mayores virtudes: Flavia no solo ayuda. También hace que otros quieran ayudar.
Su historia deja una imagen clara. La de una mujer que durante la semana cumple una función pública y que, en sus horas libres, sigue sirviendo desde otro lugar. Una mujer que encontró en la actividad física una herramienta para cuidar, reunir y acompañar. Una mujer que no necesitó vivir una enfermedad para entender que podía hacer algo por quienes sí la atraviesan.
“Gracias a Dios estoy bien, entonces me surge la necesidad de ayudar a las demás”, dice.
Quizás Flavia no mida del todo lo que genera. Quizás para ella sea simplemente eso: hacer lo que está a su alcance, reunir voluntades, poner el cuerpo y abrir caminos. Pero en cada una de esas acciones va dejando una huella.
Porque ayudar no siempre exige haber pasado por el mismo dolor. A veces alcanza con tener la sensibilidad suficiente para verlo, la decisión de no mirar hacia otro lado y la voluntad de hacer algo con eso.

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